El pasado viernes, mi ahijado daba su decimonovena
vuelta al sol en este nuestro barco llamado tierra.
Lo celebramos juntos el jueves, ya que el viernes me
iba hacia Cabezón de la Sal, a correr una de las pruebas más duras que haría
este año, Los 10000 del Soplao.
Con más de 160km y 4600mts de desnivel, este
denominado infierno cántabro, nos daría la posibilidad de convertir ese
infierno en paraíso al rodar por los montes más míticos de la zona, y
deleitarnos con los maravillosos paisajes que la caracterizan.
El día se despertó indefinido, sin mucho frío ni
calor. Ideal para no tener claro
que equipación llevar.
Decidí usar la chaqueta, ya que seguro en los
puertos haría frío e incluso podía llover.
Gran ambiente en la salida! Se notaba en los rostros
de mis compañeros de aventura que había nervios y ganas de empezar.
Si algo caracteriza al ciclista de montaña, es que
se le oye sin cesar. Bromas, risas y gritos, se escuchan por doquier. Al
contrario del de carretera, más silencioso y concentrado. Ese punto de rudeza
te da una fuerza extra que precisa la btt.
Las rampas de los primeros puertos nos dejaron sin
aliento. Había que afrontarlas
piano-piano para no desgastarnos en demasía.
Nos encontrábamos rodeados de ciclistas, y tuvimos
que hacer malabarismos sobre la bicicleta para no caernos, ya que entre tanta
gente es complicado mantener un ritmo de subida. Hay que saber rodar en estas
condiciones. Una carrera también es eso. Saber convivir con las actitudes y
aptitudes de todos.
Apreté para intentar dar caza a mis compañeros que
se habían adelantado en la salida. Al contactar con ellos vi que no estaban
todos y me animé a contactar con los siguientes.
Hacia el km 25/30 noté un cansancio inusual. No
podía estar sin fuerzas a estas alturas! Llevaba muy poco y si la tónica era
esa no podría terminar.
Enlacé con el grupeto de 3 y me quedé con ellos.
Pero seguía agotado.
Encontré el problema. La temperatura había subido
casi hasta los 20 grados y el calor que me daba la chaqueta me estaba
deshidratando. Era un pequeño
horno sobre el sillín.
Al quitármela e hidratarme bien,
renací. Me falto un punto que recuperé poco a poco.
Son muchos los factores que deben
darse para estar bien. Muchas las causas por las que podemos bajar nuestro
rendimiento. Hay que tener paciencia y saber analizarlas.
Superé una buena crisis. En
algunos momentos temí tener que dejarlo y eso me hundía.
Perdí un buen puñado de tiempo y
se me fueron mis compañeros de nuevo.
Pero me concentré en el pedaleo y
las sensaciones para tener un buen ritmo de nuevo y alcanzarles.
Hay algo en eso que me
enorgullece y supe el día después de la carrera. Según me dijeron, soy "borde"
cuando voy en bici.
Es tal mi concentración, que al
pasar por uno de los pueblos me saludaron y animaron y ni cuenta me di.
No es que no sienta el ánimo de
la gente. Simplemente voy muy concentrado en lo que hago.
En todos y cada uno de los
pueblos que pasamos la gente estaba volcada al ciclista. Te llevaban, como se
dice comúnmente, en volandas.
En las primeras rampas del último
puerto, el Negreo, viví el mejor momento de la carrera. Reíros de los grandes
puertos del tour. Había tanta gente animando que ni me acordé que era una
pendiente del 20%. Al llegar al descansillo, se hacían cargo de la bici y te
dejaban que degustaras el avituallamiento preparado por la gente de la zona. Parrilla con lomo, pasteles de todo tipo,...
Una gozada!
Ya solo quedaba subir este durísimo
puerto y llegar a Cabezón.
Ha sido muy hermoso vivir esta
experiencia junto a mis amigos de La Taca de Collbató y con Alessandra, Marta,
Cristina y Dani.
Y como no, compramos unos
quesitos artesanos típicos de la zona.
No es R2-D2 sacado del Xwing después
de la batalla de Yavin. Es Petra tras el Soplao. Se ha bien ganado la matrícula
de honor.
La semana que viene le toca a
Matilda cumplir en Vitoria.
Ya os contaré...
